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La inteligencia que nace de la observación: “No hacer haciendo”

La inteligencia que nace de la observación: “No hacer haciendo”

De Oriente, es fascinante aquello de “no hacer haciendo”. Es como cuando empiezas a nadar y quieres flotar, te hundes por el miedo que te da hundirte. Pero, si respiras y te calmas, entonces lejos de sumergirte, flotas. Cuando intentas retener lo que amas, lo pierdes. Eso me hace recordar una frase de mi abuela: “Cuanto más quieras a tus hijos, más libres les debes dejar”.

La inteligencia naturalista funciona sola, sin preocuparse de pensar, actuar o hacer; lo hace desde el equilibrio con alegría y amor. En nuestra sociedad, creemos que todo lo debemos obtener a través del esfuerzo. Cuando una pareja está discutiendo, él le dice a ella: “Me estoy esforzando en cambiar”. “No, no quiero que cambies, solo que mires a aquello que surge en tu mente, cómo surge y qué actitud tienes a eso. ¿Qué ves?” (dice ella). “Veo el apego, el miedo, la indefensión”. Entonces ese es el anzuelo de tu mente sobre el que hay que trabajar.

La relación entre la búsqueda de la seguridad psicológica o emocional y los esfuerzos entre seguir evolucionando es un tema que está en boga. ¿No será la inseguridad el resultado de una búsqueda de seguridad imposible? ¿La solución no será abandonar el concepto de seguridad y abrazar un concepto mucho más radical que tiene que ver con la estética del vacío y el uso de la sabiduría para salvarnos?

Ese principio oriental de “La menor acción y la no resistencia” es en sí mismo la mayor forma de resistencia que jamás ha habido (Gandhi). Ya que la inteligencia lógico-matemática o verbal postula que solo mediante el esfuerzo se pueden obtener las cosas.

“¿Qué esfuerzo puede hacer una persona que no es consciente de aquello que emerge en su mente? Será un esfuerzo inútil fruto de su ignorancia” (Dalai Lama).

Mientras que el principio del vacío basado en el amor y la armonía nos enseña a dejar de lado el deseo y satisfacernos con aquello que tenemos, el principio del esfuerzo continuo y la competitividad nos muestra una visión mucho más depredadora de nuestra evolución: puedes tener lo que quieras si te esfuerzas. Pero lo que obtienes, ¿de dónde viene?, ¿quién ha dejado de tenerlo para que tú lo tengas?, ¿qué impacto tiene en los recursos globales del planeta?, ¿cuál es el precio?

La naturaleza hace servir esa ley para organizar su caos, así funciona ella, con el mínimo esfuerzo. ¿Qué esfuerzo hace una nube para ser nube? ¿Qué esfuerzo hace un cerezo para rendirnos en primavera? ¿Qué esfuerzo hace un pez para nadar? Nada, sencillamente están y son naturaleza intrínseca.

“Para conocer la verdad de las cosas uno debe de librarse del conocimiento y no hay nada más poderoso que el vacío de la mente, aquel del que los hombres huyen” (Lao–Tse).

“Si encuentras a Buda, mátalo” (Buda).

Tanto Lao-Tse como Buda nos invitan a liberarnos de los conceptos y a entrar en el vacío desde el no esfuerzo consciente de no hacer haciendo. Hacer y no hacer. Parece un dilema de Shakespeare, pero es imprescindible cuando hablamos de inteligencias múltiples en el aula.

Recuerda la nube, la noche y el día, el placer y el dolor. Creemos que la existencia se justifica a sí misma en base al esfuerzo que ponemos en conseguir cosas, en obtener bienes, pero ¿qué hay más allá de las apariencias externas? Vivimos siempre pensando en el futuro o en el pasado, y no en el presente. La manada no piensa en si lloverá mañana, hoy bebe agua en el oasis. Y bebe solo la que puede sostener en su estómago, no hay avaricia ni egoísmo. Tomo solo lo que necesito hoy y confío en que mañana, a lo largo de la travesía, volveré a encontrar el agua que necesito.

Queremos que todo lo que hacemos tenga sentido y, a veces, nos cuesta mucho comprender que no todo tiene un sentido directo. Las cosas tienen un orden interno que solo es posible conocer desde una experiencia profunda de vacío, que reconozca el valor profundo de la impermanencia y el milagro de estar vivos. No todo podemos apresarlo en conceptos, ni en espacios y tiempos, más bien no podemos apresar nada realmente, porque nada nos pertenece. Pero vamos a experimentarlo de cualquier forma. ¿Entonces por qué no experimentarlo con múltiples inteligencias?

Hay muchas razones para hacer uso del “no hacer haciendo” en estos momentos. Sabemos que muchos sobres de los que creíamos cerrados se han deshecho al lanzarlos al agua o al viento. No tenemos que tener miedo al futuro, vivamos el presente con conciencia pues es el único tiempo en el que podemos actuar. Nuestros tiempos no son peores que cualquier otro tiempo. El hombre siempre sufre (hambre, guerra, epidemias, muertes…), ningún sufrimiento es nuevo para la humanidad. Nada es seguro y nada es estable, ¿por qué no hacernos amigos de la inseguridad y trabajarla desde otro aspecto entonces?

Nuestro tiempo es una era compleja de miedo, ansiedad, estrés, agitación, egoísmo y adicción a la posesión. Creemos que mientras podamos seguir aferrándonos a nuestras creencias e ignorar el hecho de que todo es fútil, sutil, hermoso e impermanente, estaremos vivos. Pero esto no es más que una manera de “asesinarnos”, un homicidio violento y complejo de los sentidos que nos hace ser menos sensibles al vacío. Paradójicamente, solo encontramos sentido a las cosas cuando las perdemos.

Por eso mismo, la ley del no hacer haciendo nos hace descubrir lo infinito, indescriptible y absoluto que existe en nosotros cuando dejamos de luchar con lo finito, relativo y descriptible. Solo podemos rendirnos al misterio cuando reconocemos que no sabemos absolutamente nada de él, cuando dejamos de hacer y empezamos a no hacer haciendo (conscientemente).

Los adolescentes y los adultos necesitan aprender a “no hacer haciendo”, que es mucho más difícil de lo que parece. No por meter más presión en el contenedor vamos a obtener más resultados. Al contrario, para aprender hay que desaprender muchas veces.

El estudio de las inteligencias es el estudio de uno mismo. El estudio de uno mismo es olvidarse de uno mismo. Olvidarse de uno mismo es conocer todas las cosas. Conocer todas las cosas es bajar las barreras que separan a uno mismo de los demás.

El maestro no es simplemente un instructor, sino aquel que saca al discípulo de la oscuridad de la ignorancia, que puede dar y revelar conocimiento, quien enseña las técnicas que permiten al alumno descubrir lo que hay en el interior de su conciencia. En el siglo XXI, sabemos que un maestro inspirado es el factor más importante para que el estudiante logre sus objetivos o despierte a la conciencia. Por eso, es muy importante prestar plena atención a seguir entrenándonos y tener humildad pedagógica.

Es interesante crear grupos de profesores, tutores y colegas veteranos de apoyo al nuevo. También es fundamental que los veteranos puedan tener oportunidades de formaciones continuas y regulares, donde aprender nuevas herramientas. El desarrollo profesional continuo mantiene a los maestros en las aulas y hace que puedan seguir dialogando con los estudiantes en asuntos como las herramientas tecnológicas emergentes, nuevos recursos curriculares, inteligencias múltiples, etc. El mejor desarrollo profesional está en invertir en vaciar la mente. Esa actitud de ser siempre un principiante por muy veterano que seas es un buen punto de partida.

Aprender a crecer, luchar, fracasar, triunfar, llorar y reír con un maestro que aspira a liderar a sus estudiantes en el aula es el logro académico más grande. Muchos profesores creen que fracasan porque no tienen tecnología o medios. Me gustaría decirles que lo más importante es aprender a aprender, que dejen de buscar fuera lo que ya tienen dentro. Porque en la mente está todo el conocimiento que necesitan y sienten para hacer frente a su día a día; que se conviertan en facilitadores del aprendizaje sin dejar de aprender ellos mismos momento a momento, inteligencia a inteligencia.

 

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