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¿Cómo estimular al cerebro con música?

¿Cómo estimular al cerebro con música?

La música es un elemento presente en nuestras vidas y en nuestro cerebro. No es un arte únicamente humano, sino que el sonido es una característica creativa de muchas especies. La música tiene el poder de evocar y comunicar nuestros sentimientos más profundos. Durante miles de siglos, los filósofos han mirado la música con gran respecto; ahora, los neurocientíficos han puesto su atención en ella. Si exploramos los fundamentos neurológicos de nuestra percepción musical, observaremos que existen procesos en el cerebro absolutamente fascinantes.

Independientemente del grado de desarrollo de la cultura en la que nos encontremos, la música es parte de nuestra vida. Antiguos restos paleolíticos nos muestran que las personas ya bailaban hace más de 43.000 años. En esas pinturas, podemos observar músicos que sostienen flautas fabricadas con huesos humanos.

Muchas culturas primitivas no son capaces de diferenciar una canción, un canto o un baile de una fiesta o un rito de paso. Así, la música acompaña a los ciclos de la vida: nacer, morir, casarse, tener un hijo, celebrar la llegada de un amigo... Cualquier cosa que merezca la pena ser convertida en algo especial debe de ser cantada.

Antony Storr, en su libro La música y la mente, reflexiona sobre la función principal de la música: crear colectivos y socializar a las personas. Las personas cantan y bailan juntos desde hace millones de años. Si bien nos podemos imaginar a nuestros antepasados en un gran fuego danzando, hoy nuestra escucha no tiene nada que ver con la inteligencia cinestesia, ya que hemos reducido la música a un concepto pasivo. Uno va a escuchar a un cantante y se sienta; en un festival, incluso es difícil moverse, entonces parece que el cerebro entra en colapso y ya no desarrollamos plenamente la clara función de la música.

La música es muy importante para las personas con disfuncionalidades, neurodiversidades o talentos. El poder de revolver, animar o calmar ciertas áreas del cerebro no implica ser inferior o superior. En esta unidad, trabajamos la música en relación a lo que necesitamos comprender, para entender más nuestro cerebro.

La música forma parte de nuestro ciclo biológico; tenemos un cerebro que funciona con diferentes tipos de música. En las profundidades de nuestra amígdala, un dios antiguo tañe un cuerno. El poder evocador de la música, también puede ser de gran utilidad para personas que sufren de autismo, la enfermedad de Alzheimer o trastornos de la personalidad. Personas que quizá no pueden responder al lenguaje del modo clásico, como en el caso de síndromes en lóbulos frontales, pueden servirse de la música para acceder a estados emocionales concretos.

Llamar a los recuerdos, los sueños, las memorias…, todo ese territorio del cerebro que, sin ser específicamente descrito ni conocido, está bastante claro que existe. Todos nosotros hemos podido experimentar lo que es dejarse llevar por la música y encontrarnos, de repente, llorando por el sonido de una trompeta. ¿Y si la música tiene ese poder de evocación?  

Suzanne Langer dice: “La música no solamente tiene el poder de recordar lo pasado, sino también de evocar las emociones o estados de ánimo que no se sintieron en el momento, y que ni siquiera se conocían”.

Nuestro cerebro, nuestras sinapsis, nuestros sistemas nerviosos, auditivos y afectivos están afinados para sentir la música. Somos especies musicales antes que lingüísticas, y es esa sensibilidad tan particular que tenemos hacia la música lo que nos vuelve vulnerables.

Los ritmos del cerebro  

Nos movemos por ritmos y pautas, ritmos que marcan nuestra conducta durante el día y la noche, y a veces periodos de nuestra vida. Pero no prestamos nada de atención a nuestros ritmos cerebrales, esos cambios neurobiológicos que reflejan claramente marcadores importantes. No somos muy conscientes porque en realidad esos ritmos han quedado automatizados en nuestro cerebro a lo largo de millones de años. Están introyectados en piloto automático en nuestra amígdala. Nadie nos dice ya que respiremos o durmamos, simplemente lo hacemos.

El ritmo tiene que ver con la forma que vivimos, cómo vivimos, en qué periodo de nuestra vida estamos (reproducción, adolescencia, vejez). Todos estamos sujetos a un ritmo, pero ¿qué son los ritmos en el cerebro?, ¿todos tenemos los mismos ritmos en nuestro cerebro?, ¿qué tienen que ver los ritmos con los procesos de aprendizaje y salud?

Existe un refrán que dice: “La música amansa a las fieras”. A ciertos seres, a parte de amansarlos, los estimula o anima. Y es que hay una relación más que probada entre escuchar una pieza o nota musical y el desencadenamiento de un mar emocional en el cerebro. De la misma manera que existe una relación entre la percepción y la forma.

Somos seres que necesitamos escuchar y ser escuchados. En las estructuras primarias de creación del vínculo seguro, se encuentran: ser escuchado, ser tocado y ser visto. Estas tres necesidades comunes a todos los primates constituyen en nuestra infancia la base del “apego seguro”. Será quizá que en el hecho de ser escuchado hay algo más poderoso y profundo que en el acto de ser visto. Si observamos las enfermedades mentales que padecen los ciegos o los sordos, vemos que los sordos suelen tener más trastornos de la personalidad (paranoia, esquizofrenia o psicosis) que los ciegos.

David Burrows, musicólogo de la Universidad de Nueva York, resalta la importancia del sonido en el aprendizaje neonatal. En ese campo, el sonido que escucha el bebé está vinculado a la respiración de la madre. Escuchar es respirar, ese es nuestro primer aprendizaje. Por eso, es tan fundamental repasar los patrones de respiración cuando queremos modificar la conducta, y el ser escuchado. Si queremos sentir que estamos vivos, debemos oír sonidos. En un experimento realizado con prisioneros aislados en cámaras con sonido y sin sonido, aquellos que estaban en habitaciones insonorizadas, presentaban más trastornos afectivos que los segundos.

La respuesta psicológica del silencio total toca las áreas del miedo, la rabia y la agresión en el cerebro. Ser aislado de cualquier estímulo y, sobre todo, estímulos sonoros tiene un efecto devastador en los seres humanos. Muchos prisioneros que han salido después de décadas encerrados en cárceles, relatan que pudieron sobrevivir cantando melodías audibles o mentales. Con esas rutinas, consiguieron seguir siendo humanos. La música estructura el tiempo, el ritmo y el espacio; en él, podemos expresar nuestras emociones en el momento. No importa tanto los sentimientos que pueda evocar una obra musical determinada en una persona, lo que cuenta es que activa nuestra área emocional.

Si hablamos de música, tenemos que hablar de movimiento marcado en el espacio. Música y cuerpo van de la mano; en edad temprana, los niños son incapaces de cantar sin bailar o hacer palmas. Muchos sociólogos coinciden que la música aplicada al trabajo hace aumentar el ritmo de producción. La música ordena el caos del universo, armoniza y tiene efectos claramente visibles en el cerebro.

Los ritmos están grabados en nuestra mente en forma de patrones que se aplican de forma clara cuando se evoca una melodía, un ritmo o simplemente una serie de palmadas. Ritmo no es solo música, también podríamos decir que el sonido tiene su propia cadencia. Existen culturas particularmente dotadas para expresar una gran gama de ritmos: africana, hindú, pakistaní…, ritmos increíbles que un occidental no entrenado es incapaz de identificar.

El ritmo que nos imponemos en nuestra vida nos afecta directamente a los patrones de nuestro cerebro, pero pocas veces nos paramos a pensar de dónde viene el ritmo de nuestra respiración o de nuestros pasos en una calle oscura. Cuando observamos cómo expresan el ritmo los niños autistas, vemos que ellos están especialmente dotados en aprender siguiendo el ritmo de una melodía o una canción. Como balancean su cuerpo o la cadencia de su discurso espacial nos habla de un patrón de ritmo concreto.

El Doctor Oliver Sacks, en su obra Despertares, nos habla del poder neurológico de la música para tratar a víctimas de enfermedades degenerativas.

La música y el habla

Es increíble pero el habla y la música no son la misma cosa en el cerebro, se encuentran en hemisferios cerebrales diferentes. El lenguaje se representa en el hemisferio izquierdo y la música (tanto interpretada como escuchada) en el hemisferio derecho. Es como si para procesar las vivencias necesitásemos usar la inteligencia lógico-matemática y la inteligencia social o emocional.

Gardner relata en uno de sus casos a un músico norteamericano que sufría afasia, dificultades en la lectura. Pero, a pesar de que no podía leer las palabras escritas, si podía leer las partituras musicales. Nuestro cerebro tiene la habilidad de dividir las funciones en los hemisferios. Esta facultad, que es propia de los humanos, no la encontramos en otras especies. Recordemos que el lenguaje y, por tanto, el habla no es simplemente una capacidad lógico-matemática o lingüística verbal, sino una forma de cuestionar nuestra existencia.

No todo nuestro pensamiento son sonidos, palabras o imágenes, muchas veces pensamos en sueños. Y estos sueños son una especie de pensamiento diferente que, para ser expresados, necesitan ser recuperados y sentidos profundamente. El lenguaje tiene la facultad de traducir esos pensamientos en habla. Pero algunas personas traducen esos pensamientos, inspiraciones o ideas en arte visual, pictórico o musical.

Alfred Tomatis: audioestimulación neurosensorial

Alfred Tomatis fue un otorrinolaringólogo, psicólogo, investigador e inventor francés. Es famoso por sus teorías sobre el tratamiento de los problemas relativos al lenguaje y el oído. Estas teorías son conocidas bajo el nombre de método Tomatis o audiopsicofonologiá (APP). Tomatis descubrió que, entrenando y modificando las facultades auditivas de una persona, se obtienen cambios en el comportamiento o conducta y el lenguaje.

Para ello desarrolló un instrumento específico conocido como “oído electrónico”.

Enunció su obra en tres leyes, que se conocen como efecto Tomatis:

  1. La voz solo recoge lo que escucha el oído: por tanto, la garganta solo emitirá los armónicos o sonidos que el oído pueda escuchar.
  2. Si entrenamos al oído lesionado, escuchando correctamente las frecuencias pérdidas o sujetas a un trauma, estas serán instantáneamente restituidas y se formulará una nueva emisión vocal: para ello, hay que comprender que el sonido se trasmite al cerebro por dos canales: percepción ósea y aérea.
  3. La estimulación auditiva mantenida durante un tiempo concreto modificará la postura de escucha de un sujeto y, como consecuencia, su cadencia, ritmo y fonación: esto es interesantísimo en el ámbito del condicionamiento del aprendizaje para la autoescucha (necesaria para aprender nuevos conceptos).


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