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¿Qué es la Neuroplasticidad?

¿Qué es la Neuroplasticidad?

“Lo que sabemos del cerebro es que aprendemos también de la conducta. Y que esta conducta se encuentra gobernada por nuestros estados emocionales, recuerdos y memorias. Cómo aprende nuestro cerebro tiene que ver con una bioquímica también emocional.”

Introducción

Lo mejor que hacemos como seres humanos es aprender. El aprendizaje es, a su vez, parte de una de las funciones más importantes de nuestro cerebro: cada nueva estimulación, cada nueva información modifica la conducta, memoria y experiencia. Los científicos no están totalmente seguros de cómo sucede exactamente esto, pero tenemos algunas ideas (Chomsky 2003, Gardner 1993, Siegel 2016 y Goleman 2009).

Cuando un estímulo llega al cerebro, se desencadena el proceso. Puede ser interno (como una idea, un flash, una creación o una nueva experiencia) o externo. Después, el estímulo se distribuye en los diferentes niveles y finalmente tiene lugar lo que se llama la formación de una memoria potencial basada en el estímulo inicial. Eso significa que las piezas están encajadas y que la memoria, si lo desea, puede activar con facilidad la información. Como educadores, vale la pena que comprendamos lo más básico porque damos por hecho que sabemos cómo aprenden los alumnos, pero ¿cuáles son las partes más importantes de ese aprendizaje?

El contenedor del aprendizaje es un gran agente estimulador porque, para nuestro cerebro, nosotros solo hacemos dos cosas: repetir algo que ya sabemos hacer o aprender algo nuevo. Si estamos repitiendo un aprendizaje antiguo, lo que hacen nuestras vías neuronales es que se refuerzan más cada vez. Ese proceso se llama mielinización y es el proceso de revestir con grasa los axones.

Entonces, en nuestro contenedor de aprendizaje, tenemos siempre lo que ya sabemos hacer y la estimulación de hacer algo nuevo, sea ir al cine, escuchar una canción, bailar, ir a un lugar nuevo o resolver un problema desde una visión diferente. Todo es bueno si se trata de estimular nuestro cerebro. Cualquier estimulación motora produce una carga de energía eléctrica beneficiosa tanto para lo antiguo como para lo nuevo. Cada estimulación viaja a las estaciones de procesamiento y distribución del tálamo, situado en medio del cerebro, creando una conducta intencional, donde hay una convergencia multisensorial y se forma rápidamente lo que conocemos como “mapas del cerebro” en el hipocampo.

Desde allí, se distribuirán las señales a zonas concretas del cerebro, creando referencias. Todo ello es investigado en la Universidad de Ruhr, en Bochum.

Para que un aprendizaje se fije en el cerebro, se necesitan dos elementos: que el contenedor del aprendizaje esté en óptimas condiciones (entendiendo el contenedor como un conjunto de elementos que constituyen el aprendizaje) y que la memoria funcione bien. Son dos partes indisolubles, no hay la una sin la otra. Si aprendemos algo y no lo grabamos en la memoria, la única evidencia que tendremos más tarde será un vago recuerdo, algo totalmente insignificante. Ese es el gran reto de la neurociencia, descubrir cómo se puede grabar más y durante más tiempo en la memoria.

El psicólogo canadiense Donal Hebb dijo, hace más de cincuenta años, que el aprendizaje se producía porque una célula necesitaba menos impulsos que otra y entonces la siguiente podía activarse. La célula ha aprendido a responder de modo eficiente. El equipo de investigación del MIT compuesto por Susumu Tonegawa y Eric Kandel, ambos Premios Nobel, (2000) identificaron un gen específico que activa la formación de los recuerdos. Esto fue muy importante para todos aquellos que tenían problemas de memoria.

Lo que podemos aplicar de este descubrimiento es que el aprendizaje duradero o potenciación a largo plazo es clave para un aprendizaje real. Es muy interesante hablar de todo esto. Comprender para qué valen todas esas conexiones reales entre células, aprendizaje, conducta y memoria. Los maestros van a preguntar por qué y cómo sucede esto, y qué tiene que ver con el contenedor de la neuroplasticidad.

Lo que sabemos del cerebro es que aprendemos también de la conducta. Y que esta conducta se encuentra gobernada por nuestros estados emocionales, recuerdos y memorias. Cómo aprende nuestro cerebro tiene que ver con una bioquímica también emocional.

Nuestras conductas cotidianas se ven influidas por componentes químicos flotantes llamados monoaminas y péptidos. Ahora sabemos que más del 98% de nuestras comunicaciones internas del cerebro se lleva a cabo entre los péptidos y no mediante las sinapsis.

Si los neurotransmisores, como el glutamato y el GABA, actúan como el teléfono celular, ofreciendo comunicaciones específicas, los demás componentes químicos actúan como ondas que pueden emitir y ampliar zonas de los cerebros.

Estos componentes químicos son serotonina, dopamina y noradrenalina, que producen las conductas que se ven luego en el aula, como atención, hiperactividad, estrés, somnolencia o violencia.

El aprendizaje se produce en diferentes capas del cerebro al mismo tiempo, desde las células hasta la conducta, pasando por las emociones. El resultado final que medimos es la inteligencia; esta se compone de diferentes inteligencias múltiples. Tener un cerebro más o menos grande no es representativo de su uso. La clave para ser y hacerse más inteligente es desarrollar más conexiones sinápticas entre las células del cerebro y no perder las existentes. Esto no es fácil, pero solo así vamos a ser capaces de seguir resolviendo problemas y descubriendo más cosas.

¿Qué porcentaje del cerebro usamos? ¿Qué valor tienen los traumas en el aprendizaje? ¿Por qué no somos capaces de usar la inteligencia si somos inteligentes? Nuestro cerebro funciona y se ha adaptado al lugar donde nacimos y a las experiencias que hemos ido acumulando para preparar lo que llama “el contenedor concreto”. A la persona que se le da bien el movimiento, es probable que baile, juegue al fútbol o sea muy dinámico.

Desde la teoría de la neuroeducación, se calcula que usamos menos del 1% de la capacidad procesadora que tiene nuestro cerebro y que cada una de nuestras 100.000 millones de neuronas se conecta con otras 1.000 a 10.000. Teóricamente, podríamos conectarnos con millones de neuronas más porque cada neurona tiene miles de sinapsis, todo nuestro cerebro tiene millones de sinapsis posibles. Nuestros cerebros son capaces de procesar hasta 1027 bits de datos por segundo, tal y como descubrió Hobbson en 1994 (El cerebro soñador, 1994).

El cerebro es lo que tenemos, la mente es la que nos hace. Esta no es algo estable, definido, sino un proceso continuo. Por eso, la mente se conoce como “el continuo de la mente” en Oriente. La mente no tiene principio ni fin ya que no descansa ni acaba nunca.

¿Quién de los dos es responsable de nuestra inteligencia? ¿Quién podría ser el responsable de esa gran conexión neuronal a la que llamamos conducta genial o genios? Todavía no sabemos qué es un genio. Lo que sí sabemos es que, al menos, el 20% de los niños menores de cinco años tiene una memoria extraordinaria, más o menos como la de un adulto. Hay muchos niños documentados que sin dificultad pueden llegar a aprender varios idiomas en poco tiempo, tienen lectura rápida, aptitudes musicales tempranas, artísticas, deportivas… ¿Sabéis cuántos de esos están en vuestras aulas? ¿Podríais intentar manejarlos con un currículo basado en la norma y no en la excelencia de la mente?

¿Qué habríais hecho si, en vuestra aula, hubiera estado Bill Gates, Einstein, Mozart o Gandhi? Se debe empezar a valorar el rol del contenedor como resultado del aprendizaje.

Nuestro cerebro es eficaz y adaptable. Esto quiere decir que muchos niños que son genios se adaptarán a una educación estándar para sentirse amados, observados y recompensados. Lo que asegura que la supervivencia en el cerebro es lo que prima. Un aula convencional y mediocre reduce las estrategias de pensamiento y las opciones de respuesta.

Los docentes que insisten en test de respuesta única, en respuestas correctas, están ignorando la enorme capacidad que ha mantenido y mantiene viva a nuestra especie. Lo que hemos conseguido, lo hemos logrado no aceptando el “no” como respuesta, no aceptando la ciencia conocida e investigando en la ciencia.

Este es un cerebro inteligente y adaptativo, el resto son cerebros normalizados, cerebros integrados, pero no felices. La educación en neurociencia debe fomentar la exploración del pensamiento múltiple, alternativo, las respuestas múltiples, la autoconciencia creativa, la inteligencia social y el aprendizaje abierto.

¿Qué vais a hacer con lo que sabéis del cerebro? ¿Será una teoría más que se va a guardar en la estantería o vais a hacer una teoría útil de estos textos?

En la medida que sabemos que nunca paramos de aprender, nuestra vida es una empresa de aprendizaje y el cerebro es la inversión más relevante. Sabemos muchas cosas para formular ya algunas hipótesis. Muchas otras requieren investigación. Pero existen estudios lo suficientemente claros, firmes y rigurosos para saber ya cómo transformar nuestras aulas. El profesor tiene que ser un docente y el alumno convertirse en un experimentador que se implique, aprenda y trabaje. También hay que incluir en el contenedor a los padres que estén interesados en el futuro (padres que aman a sus hijos y su aprendizaje, con lo cual, también aprenderán muchas cosas).

Hay muchas preguntas que tenemos que plantear. La primera es qué hacer para liberar el contenedor de los traumas que arrastra un adolescente.

La educación en neurociencia debe fomentar la exploración del pensamiento múltiple y alternativo, las respuestas múltiples, la autoconciencia creativa, la inteligencia social y el aprendizaje abierto.

Continuación...

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