El malestar emocional de un niño o de un adolescente casi nunca llega con la frase "me siento mal". Lo habitual es que aparezca como un cambio sostenido en cómo duerme, come, se comporta o rinde en el colegio, o como molestias físicas que el pediatra no consigue explicar. Reconocer esos cambios a tiempo, y separarlos de una mala racha pasajera, es lo que permite acompañar al menor y pedir ayuda profesional cuando hace falta.
Qué es el malestar emocional infantojuvenil: un estado de sufrimiento psicológico - tristeza, miedo, rabia o preocupación - que el menor no siempre sabe expresar con palabras y que se refleja en su conducta, en su cuerpo y en su rutina. No es un diagnóstico: es una señal de que algo necesita atención.
Esta guía sirve para orientarse, no para diagnosticar. Solo un psicólogo o un médico puede valorar qué le ocurre a cada menor.
Los niños y los adolescentes tienen días malos, y más aún en épocas de cambio: un curso nuevo, una mudanza, una pelea con un amigo. Tres preguntas ayudan a situar lo que estás viendo.
Cuando varias señales coinciden a la vez, el conjunto pesa más que cada una por separado. La Asociación Americana de Psicología (APA) recuerda, además, que estas conductas no siempre indican un estrés excesivo, pero sí que algo no va bien, y que algunos menores se comportan con normalidad en casa y de forma inusual en el colegio u otros entornos, según recoge Infocop.
La forma de expresar el malestar cambia con la edad. UNICEF las describe por etapas, y esta tabla resume las más frecuentes:
| Edad | Señales más frecuentes |
|---|---|
| 0 a 3 años | Necesidad de estar más cerca de sus cuidadores, cambios en la alimentación y el sueño, irritabilidad o hiperactividad, miedos intensos, berrinches y llanto más frecuentes |
| 4 a 6 años | Búsqueda constante de los adultos, cambios al comer y al dormir, irritabilidad, dificultad para concentrarse, más o menos actividad de la habitual, pérdida de interés por el juego, mutismo y ansiedad |
| 7 a 12 años | Retraimiento, miedos más marcados, irritabilidad, agresividad, agitación, problemas de memoria y concentración, juego repetitivo y sentimientos de culpa |
| 13 a 17 años | Tristeza intensa, vergüenza o culpa, enfrentamientos con la autoridad más intensos de lo habitual, conductas de riesgo, agresividad, conductas autodestructivas y sensación de desesperanza |
En la adolescencia, la APA añade tres cambios que merecen atención: alejarse de forma notable de la familia, mostrar una hostilidad excesiva hacia algún familiar y dejar de lado a los amigos de siempre para integrarse en un grupo nuevo. Para separar lo que es propio de la etapa de lo que no, ayuda conocer el desarrollo habitual: en este artículo sobre qué es la psicología de la adolescencia lo repasamos por edades.
Más allá de las franjas, hay manifestaciones que aparecen una y otra vez, y conviene fijarse en ellas en cinco terrenos:
Cuando varias de estas señales se mantienen y se agrupan, la psicología clínica infantil las estudia desde la psicopatología. Si quieres ver cómo se describen algunos de estos cuadros, puedes leer qué es la neurosis en los niños, donde se detallan síntomas como los miedos irracionales, los trastornos del sueño, el retraimiento o la pérdida de apetito.
Hay señales que no admiten espera. UNICEF pide tomarse especialmente en serio, en la adolescencia, el aislamiento prolongado, las conductas autodestructivas y la sensación de desesperanza. A ellas se suma cualquier comentario sobre querer desaparecer, sobre la muerte o sobre hacerse daño, aunque parezca dicho a la ligera.
Ante cualquiera de ellas no hace falta tener certezas para actuar: habla con el menor con calma y sin juzgar, no lo dejes solo si hay riesgo inmediato y busca ayuda profesional ese mismo día.
No existe un guion único, pero estos pasos suelen funcionar como punto de partida:
Los niños aprenden a gestionar lo que sienten viendo cómo reaccionan los adultos que tienen cerca, así que cuidar el propio manejo del estrés también forma parte del acompañamiento.
Los menores pasan buena parte del día fuera de casa, y por eso docentes, orientadores, pediatras, trabajadores sociales y psicólogos suelen ver cosas que la familia no ve. Reconocer una señal es el primer paso. Saber qué hay detrás de ella, evaluarla y decidir cómo intervenir exige una formación específica en psicología clínica infantil y juvenil.
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Cuando las señales se mantienen en el tiempo, afectan a su día a día (sueño, colegio, amistades, juego) o aparecen varias a la vez. Si hay aislamiento prolongado, conductas autodestructivas, sensación de desesperanza o comentarios sobre querer desaparecer, no conviene esperar. Y si hay molestias físicas, el pediatra debe descartar antes una causa médica.
Los altibajos y la búsqueda de independencia forman parte de la adolescencia, así que importa cuánto duran y cuánto afectan a su vida. La APA señala que alejarse de forma notable de la familia, mostrar hostilidad excesiva hacia un familiar o cambiar de amigos de golpe no siempre indican un estrés excesivo, pero sí que algo no va bien. Lo más útil es hablar sin juzgar y observar si el cambio se mantiene.
Pueden tenerlo. Si son recurrentes, aumentan en situaciones concretas, como antes de un examen, y el pediatra ha descartado una causa física, conviene valorar con un psicólogo el componente emocional.
Sí. Según la APA, algunos menores se comportan de forma habitual en casa y de manera inusual en el colegio u otros entornos. Por eso conviene hablar con docentes y orientadores y contrastar lo que cada adulto observa.
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