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¿Qué es el aprendizaje social y emocional en el aula?

¿Qué es el aprendizaje social y emocional en el aula?

La neurociencia se ha encargado de demostrar la importancia de la necesidad de formar en habilidades para la vida, es decir, una serie de destrezas en el ámbito social, emocional y ético que complementan las habilidades académicas y cognitivas que se dan clásicamente en la escuela.

Las emociones son también impulsos, pasión y pensamiento en acción que experimentamos los seres humanos. Pero, si nos adentramos más en conceptos psicológicos, la emoción es una reacción a un suceso afectivo que puede tener diferentes grados de intensidad.

Hay tres grandes errores de la educación actual:

  1. No tener en cuenta dos enseñanzas de la neurociencia: que la razón no sirve para nada sin las emociones y que el cerebro es un órgano sofisticado, difícil de comprender, pero muy neuroplástico.
  2. No aceptar que los docentes deban capacitarse en neurodiversidad, porque esta diversidad cultural es un patrimonio muy importante en las aulas, pero también con lo que tienen en común: las emociones, la rabia, los celos…
  3. La jerarquización de las asignaturas, que se llevan arrastrando desde siglos pasados. Hoy en día, es absurdo colocar fuera del currículo las emociones o la inteligencia social, haciendo prevalecer las matemáticas o la lengua.

Inteligencia emocional.

El modo en que se comportan nuestros adolescentes, igual que sus pensamientos y las soluciones que dan, cambian con el tiempo y las experiencias. Una de las tareas más importantes que tienen que hacer los docentes en esta etapa es ayudar a los niños a pensar y a resolver los conflictos. Esto se conoce como el proceso de aprendizaje cognoscitivo.

En la adolescencia es muy importante comprender las dimensiones que pueden crear las emociones y cómo estas pueden marcarnos el resto de la vida. Las relaciones dan forma a nuestra identidad y nos hacen crear conexiones más fuertes con los otros y con nosotros.

Los cambios y retos de adolescentes y adultos es estar presentes en el aprendizaje. Estar receptivos a todo lo que está pasando y ser totalmente conscientes de todos esos cambios para poder así aprender con mayor efectividad.

Enseñar a interpretar las emociones es básico para aprender a ponerse en el lugar del otro: empatía, altruismo, simpatía, ceder al otro, pensar en el bien común. Todo eso es muy importante en la vida, no solo del adolescente, sino también de los mayores.

¿Qué es la inteligencia emocional?

Existen tantas formas de aprender como formas de inteligencias básicas: visuales, naturalistas, matemáticas, lingüísticas, kinestésicas, sociales, interpersonales, etc. Hablar de IE es hablar de aquella que está presente en nuestro cerebro en su totalidad.

La IE está avalada por la neurociencia de las últimas décadas, por tanto, es una inteligencia que no se puede asignar a un área exclusiva de nuestro cerebro, ni se asocia con una competencia productiva clásica concreta. Todo esto nos ha permitido que las emociones sean rescatadas de la sombra en la que se hallaban.

La IE es algo que el individuo tiene de modo innato y surge cuando nos encontramos en una situación en la que tenemos que sobrevivir. Cuando hay problemas en nuestra vida que tenemos que resolver rápidamente, cuando no nos podemos parar a reflexionar o a calcular.

El CI clásico nos ha llevado a los docentes a segregar, dividir o evaluar a las personas en función de inteligentes o no inteligentes. Pero es más inteligente quien puede proteger su vida y la de los suyos o quien puede aprobar un examen de matemáticas. En la mente, existe lo que se conoce como competencias básicas o habilidades que tienen que ver con el instinto de conservación. Estas habilidades básicas están reguladas por emociones como el miedo, la alarma, el deseo o la envidia.

¿Cómo podemos comprender las emociones?

Las emociones se pueden empezar a enseñar desde los dos o tres años y seguir hasta el instituto. Eso no quiere decir que los adultos no tengan nada que aprender acerca de sus emociones. Pero, si hablamos de niños, está claro que esa sería la mejor manera de iniciarlos: dos o tres años. Pero, si ya ha pasado esa edad, tenemos que volver a insistir en la etapa de la adolescencia.

Hablar de inteligencia siempre es hablar de emoción y de razón, la neurociencia nos permite una mirada totalmente diferente. Muchísimos datos nos avalan de que las emociones son importantes no solo en referencia a su vida presente, sino también a su vida futura: su empleo, su vida emocional, su vocación y también su felicidad en su conjunto. Si ya sabemos esto, la pregunta es por qué las escuelas no lo ponen en práctica.

Las habilidades serían:

  1. Aprender a percibir y gestionar tus propias emociones
  2. Aprender cómo construir y mantener relaciones
  3. Aprender a tomar decisiones responsables y éticas
  4. Aprender cómo ponerse en situación del otro, que se encuentra en situaciones peores que tú

Se puede tener éxito y tener habilidades sociales, pero con ética. Nuestro sistema de educación está impartiendo enseñanzas trasnochadas y este hecho hace participar a los alumnos de una visión un poco dualista de sus perspectivas.

No nos queda otra opción que defender y construir programas que defiendan las habilidades sociales y emocionales en el aula. Porque visibilizar lo que ya existe en nuestra vida real, ponerle nombre y ser coherentes es el único camino que tenemos para integrar inteligencia social, ética y emocional. Tres ejes fundamentales para nuestro cerebro.

Hoy en día, en la Universidad de Stanford (California), el profesor Sapolsky (2008) ha establecido que el CI solo es el 20% del resultado total académico, y el resto depende de múltiples factores, entre los más importantes:

  1. Reconocer la IE
  2. Reconocer las emociones y saber manejarlas
  3. Utilizar el potencial existente (perseverancia, disfrute, confianza y resiliencia)
  4. Tener empatía resiliente
  5. Crear vínculos sociales

Educar en habilidades sociales y emocionales y distinguir entre lo que se puede cambiar y lo que no es fundamental también para los adultos porque, muchas veces, seguimos dándole vueltas a algo que es irremediable.

Los beneficios de fomentar los programas sociales y emocionales en el aula ya han sido probados clínicamente, científicamente y a nivel educativo. Básicamente, se distinguen siete áreas relevantes:

  1. Desarrollo de habilidades sociales
  2. Reducción de comportamientos antisociales
  3. Disminución del abuso de drogas o dependencias
  4. Incremento de la autoimagen positiva
  5. Aumento del éxito académico
  6. Mejor salud mental
  7. Aumento de comportamientos sociales

¿Cuánto tiempo necesitaríamos para que los docentes se conciencien de lo necesario que es un programa de habilidades sociales y emocionales en el aula? Durante tres días sería bastante, porque nosotros hemos visto, en mi experiencia formando a profesores, que en el primer día y medio el programa sufre una reprogramación muy importante. Les mostramos lo que queremos que enseñen a sus alumnos y les ayudamos a resetear su cerebro. Interiorizarlo y dos clases más de seguimiento anual es suficiente para empezar.

La educación deberá estar encaminada al desarrollo de la personalidad plena desde la perspectiva de la neurociencia. Sabemos que la personalidad no es estable y que hay que trabajar en la construcción y la deconstrucción de pautas muy antiguas de nuestro cerebro, como los instintos agresivos.

Podemos tener estudiantes muy inteligentes que son incapaces de ordenar su interior porque sus emociones les pueden y, entonces, elaboran leyes disfuncionales que, lejos de ayudarles, les hunden.

Una de las características fundamentales de la inteligencia es la capacidad que tenemos de crear: arte, ciencia, comunicación, reflexión… Ser capaces de animar a crear sus propios procesos y crecer a partir de ahí.

La adolescencia es un periodo de gran crecimiento neurológico, pero también de mucha emoción, de creación y de desarrollo cognoscitivo. Por eso, es imprescindible ayudar al estudiante a que tome sus propias decisiones, a que descubra sus emociones.

Cuando programamos las entrevistas para entrar en el programa de inteligencias múltiples, les hacemos tres preguntas:

  1. ¿Eres inteligente?
  2. ¿Quién te ha dicho que eres inteligente?
  3. ¿Qué pruebas tienes de serlo?

Lo que observo es que muchos no se consideran inteligentes porque nadie se lo ha dicho. O se consideran poco inteligentes porque alguien se ha encargado de decírselo en exceso. Y las pruebas de ello son solo las notas o las referencias de los adultos. Los estudiantes son realmente emocionales, no saben cómo gestionar sus pensamientos, están aprendiendo a controlarse, a cultivar sus procesos racionales, a pensar, a actuar y, a veces, su cerebro egoísta les puede.

Saber distinguir las emociones es la raíz de la clarificación mental del estado emocional. Si no las distinguimos, es como un baile de emociones, donde vamos pasando por una tras otra, sin conocer exactamente dónde y cómo acabaremos.

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