Neurodiversidad: mente, arte y cerebro (parte II)

Neurodiversidad: mente, arte y cerebro (parte II)

Cuando un periodista le preguntó al famoso biólogo J.B.S. Haldane que le habían enseñado sus estudios de biología sobre Dios, este dijo: “El creador, si existe, debe tener un cariño inmenso por los escarabajos, puesto que hay más especies de escarabajos que cualquier otro grupo de seres vivos. Por la misma razón, un neurólogo podría concluir que Dios es cartógrafo. Debe de tener una enorme debilidad por los mapas, ya que en cualquier lugar del cerebro adonde mires abundan los mapas

Recomendación: leer parte I

Neuroarte

El baile, la danza, la música, el canto y la escultura no solo alegran nuestra vida, sino que son necesarios en términos de neurobiología. Todas las subculturas, sociedades y comunidades necesitan expresarse, inspirarse y recrearse desde lo más profundo. Ahora la neurociencia nos acerca a esa perspectiva desde donde se fabrica ese arte.

Contamos ya con una disciplina llamada neuroarte o neuroestética que estudia el fenó­meno de la comprensión del fenómeno artístico desde la neurociencia. Eso que nosotros llamamos inspiración, arte o belleza ya se puede medir. El cerebro se mueve por imágenes y necesita también sentir que es libre, aunque aparentemente sea una ilusión aplicable a todos.

El cerebro es capaz de matizar gamas de colores, formas, tamaños y sonidos, es capaz de hacer abstracciones, traducirlo a pensamiento, llevarlo a la escritura, plasmarlo en un cua­dro y hacer una escultura, es capaz de producir productos de la inteligencia: obras de arte.

Gardner define muy bien la necesidad del arte en los niños, también en las personas con neurodiversidad, su gran valor como vehículo de comunicación.

¿Qué es el arte para el cerebro?

Sabemos que nuestras sinapsis tienen la propiedad de tejer los hilos de millones de proce­sos, propiedad también relacionada con el aprendizaje y la memoria. Nuestro cerebro tiene áreas, llamadas visuales, donde hay neuronas que respon­den a patrones concretos de armonía, belleza, espacio, orden, armonía o de desarmonía, oscuridad, caos o desorden.

Lo increíble es que hay neuronas que son especulares, tienen capacidad de imitar, y men­tir un objeto que nunca hayan visto, y hacerlo creíble, e incluso trabajar con categorías de la imaginación y plasmarla.

¿Qué tiene que ver todo esto con el arte y el cerebro?

La neurociencia ha demostrado que el arte mejora diferentes áreas de nuestro cerebro, particularmente la música, por eso vamos a trabajar el estudio de este campo en particu­lar.

El arte además activa las hormonas y las emociones positivas; por tanto, el teatro, el cine, el baile y la música son capacidades y habilidades para trabajar todos los aspectos proso­ciales de la inteligencia.

La Universidad de Harvard ha realizado varios estudios, algunos de ellos dirigidos por H. Gardner, sobre la valencia de un programa enfocado hacia el arte y que asuma la capaci­dad múltiple de crear del cerebro.

Podemos decir que la neurociencia ha demostrado la gran validez del arte y las nuevas estrategias de aprendizaje artísticas.

Necesitamos romper muchos conceptos, o simplemente aceptar que nuestra mente y nuestro cerebro son geniales y nuestros alumnos también.

Evolucionamos gracias a los juegos y al arte. De pequeños jugamos con juguetes y luego con proyecciones mentales. En cada edad, hay un juego diferente, y todos ellos son apren­dizaje y arte

Estudio del caso: estimular al cerebro con música

estimular al cerebro con música

La música es un elemento presente en nuestras vidas y en nuestro cerebro. No es un arte únicamente humano, sino que el sonido es una característica creativa de muchas especies. La música tiene el poder de evocar y comunicar nuestros sentimientos más profundos.

Independientemente del grado de desarrollo de la cultura en la que nos encontremos, la música es parte de nuestra vida.

Pero la música es más que un canto o ritmo, es un proceso cognitivo del cerebro que simplemente no puede ser comparado con el sonido que producen las especies (como pájaros, perros o loros).

Ellen Dissanayake, doctora de la Escuela de Estudios Sociológicos de Nueva York, después de haber estudiado durante décadas etnomúsica en África y Asia, concluye que la música se inicia con los balbuceos de un bebé con su madre. Una especie de cortejo afectivo en el que lo más importante es la medida, el tono, el ritmo, el volumen y la textura; toda una poesía afectiva entre madre e hijo que conducirá al lenguaje.

Eduard O. Wilson (sociobiólogo en la Universidad de Harvard) cuenta que la música sirve para agrupar a las personas y para prepararlas a hacer algo juntas, por ejemplo, una guerra, la siega de un campo, una migración o una casa.

Antony Storr, en su libro La música y la mente, reflexiona sobre la función principal de la música: crear colectivos y socializar a las personas. Las personas cantan y bailan juntos desde hace millones de años.

La música es muy importante para las personas con disfuncionalidades, neurodiversida­des o talentos. El poder de revolver, animar o calmar ciertas áreas del cerebro no implica ser inferior o superior.

Nuestro cerebro, nuestras sinapsis, nuestros sistemas nerviosos, auditivos y afectivos es­tán afinados para sentir la música. Somos especies musicales antes que lingüísticas, y es esa sensibilidad tan particular que tenemos hacia la música lo que nos vuelve vulnerables.

Los ritmos del cerebro

Nos movemos por ritmos y pautas, ritmos que marcan nuestra conducta durante el día y la noche, y a veces periodos de nuestra vida. Pero no prestamos nada de atención a nues­tros ritmos cerebrales, esos cambios neurobiológicos que reflejan claramente marcadores importantes.

¿Quién se ve obligado a fluir en diferentes ritmos?

Por ejemplo, quien trabaja en un turno de noche y duerme de día. O quien viaja a otro hemisferio sabe que el cerebro padece un ajuste severo en sus ritmos, alterando los patrones de ritmo, sueño, vigilia, latido, presión y respiración.

El ritmo tiene que ver con la forma que vivimos, como vivimos, en qué periodo de nuestra vida estamos (reproducción, adolescencia, vejez).

Somos seres que necesitamos “escuchar y ser escuchados”. En las estructuras primarias de creación del vínculo seguro, se encuentran: ser escuchado, ser tocado y ser visto. Estas tres necesidades comunes a todos los primates constituyen en nuestra infancia la base del “apego seguro”.

David Burrows, musicólogo de la Universidad de Nueva York, resalta la importancia del sonido en el aprendizaje neonatal. En ese campo, el sonido que escucha el bebé está vin­culado a la respiración de la madre. Escuchar es respirar, ese es nuestro primer aprendi­zaje.

La respuesta psicológica del silencio total toca las áreas del miedo, la rabia y la agresión en el cerebro. Ser aislado de cualquier estímulo y, sobre todo, estímulos sonoros tiene un efecto devastador en los seres humanos.

Si hablamos de música, tenemos que hablar de movimiento marcado en el espacio. Mú­sica y cuerpo van de la mano; en edad temprana, los niños son incapaces de cantar sin bailar o hacer palmas.

Los ritmos están grabados en nuestra mente en forma de patrones que se aplican de forma clara cuando se evoca una melodía, un ritmo o simplemente una serie de palmadas.

El ritmo que nos imponemos en nuestra vida nos afecta directamente a los patrones de nuestro cerebro, pero pocas veces nos paramos a pensar de dónde viene el ritmo de nues­tra respiración o de nuestros pasos en una calle oscura.

La música y el habla

Es increíble pero el habla y la música no son la misma cosa en el cerebro, se encuentran en hemisferios cerebrales diferentes. El lenguaje se representa en el hemisferio izquier­do y la música (tanto interpretada como escuchada) en el hemisferio derecho.

No todo nuestro pensamiento son sonidos, palabras o imágenes, muchas veces pensamos en sueños. Y estos sueños son una especie de pensamiento diferente que, para ser expresados, necesitan ser recuperados y sentidos profundamente.

Alfred Tomatis: audioestimulación neurosensorial

Alfred Tomatis fue un otorrinolaringólogo, psicólogo, investigador e inventor francés; descubrió que, entrenando y modificando las facultades auditivas de una persona, se obtienen cambios en el comportamiento o conducta y el lenguaje. Para ello desarrolló un instrumento específico conocido como “oído electrónico”. Enunció su obra en tres leyes, que se conocen como efecto Tomatis:

  1. La voz solo recoge lo que escucha el oído: por tanto, la garganta solo emitirá los armónicos o sonidos que el oído pueda escuchar.
  2. Si entrenamos al oído lesionado, escuchando correctamente las frecuencias pérdidas o sujetas a un trauma, estas serán instantáneamente restituidas y se formulará una nueva emisión vocal: para ello, hay que comprender que el sonido se trasmite al cerebro por dos canales: percepción ósea y aérea.
  3. 3. La estimulación auditiva mantenida durante un tiempo concreto modificará la postura de escucha de un sujeto y, como consecuencia, su cadencia, ritmo y fo­nación: esto es interesantísimo en el ámbito del condicionamiento del aprendizaje para la autoescucha (necesaria para aprender nuevos conceptos).
El oído electrónico

En 1950, Alfred Tomatis descubrió que se estimulaba el cerebro trabajando el oído. Así, podíamos tener un desarrollo más pleno. El oído interviene en el 90% de la información sensorial que nos llega. Por lo tanto, lo que oímos tiene una enorme influencia en toda nuestra vida.

Tomatis, con su método, contribuye a que las inteligencias fluyan en la mente, especialmente la inteligencia intrapersonal e interpersonal, ayudando a establecer y restablecer redes sinápticas de forma más empática.

Trabajando el oído se aumenta la conciencia del ser, manteniendo un alto grado de empatía positiva, aumentando el equilibrio global, regulando los impulsos y aumentando la prosociabilidad.

Es indispensable revalorizar el potencial del oído en relación al cerebro. Ya que este capta la información, la organiza y le da respuesta. Las funciones principales del oído son:

  1. Funciones de carga: se encarga de la energía cortical imprescindible para que el cerebro funcione bien. Relacionando pensamiento y oído, transformamos las estimulaciones que recibimos en amenaza, huida o calma.
  2. Funciones de equilibrio: movilizando el cuerpo y ayudándoles en sus desplazamientos espaciales.
  3. Funciones de escucha: enfocando los sonidos y, en particular, todos aquellos que hacen referencia al lenguaje. Es fundamental en la comunicación humana porque está vinculada a facultades del pensamiento. Esta es una percepción volitiva, selectiva y, por tanto, consciente y deliberada de “sentir” qué pasa.

El método Tomatis se basa en la utilización de un dispositivo que se encarga de procesar y transmitir de forma concreta el mensaje acústico. Gracias a un sistema particular, es capaz de enviar bandas auditivas en dos niveles, relajando y contrayendo el oído.

¿Cómo se comunica el cerebro?

La comunicación no se realiza tan solo a través de los sonidos que emitimos. Puede realizarse también mediante símbolos o la emisión de ondas de vibración del cuerpo.

Comunicarse sin palabras es posible, las personas entrenadas son capaces de detectar micromovimientos del rostro y emitir una opinión sobre lo que el otro está sintiendo, pensando o negando.

Los neurolingüistas lo llaman el lenguaje cargado de intención o la auténtica contribución de la neurociencia al estudio del lenguaje oculto

¿Qué hace el cerebro?

El hemisferio izquierdo está programado para procesar todos los inputs relativos a la inteligencia verbal y el hemisferio derecho está organizado para expresar a los rasgos no verbales del lenguaje. Debido a que el hemisferio derecho es mucho más ágil que el izquierdo, es capaz de detectar mayor número de datos para tener informaciones fiables.

¿De dónde vienen nuestros ritmos internos?

Todos tenemos nuestros propios ritmos, algunos son diurnos, otros nocturnos. Algunos utilizamos unos ritmos una parte de nuestra vida u otra durante algunas horas determinadas. Todo depende de cómo funciona nuestro cerebro, depende de nuestra evolución.

¿Qué tiene que ver la luz con el cerebro?

En 1938 se realizó un experimento en una cuevade Kentucky. Dos científicos, Nathaniel Kleitman y Bruce Richardson, pasaron 32 días sin luz en las profundidades de la cueva. Ese aislamiento era total. Pero crearon un clima artificial de luz donde el ritmo circadiano era de 28 horas, no de 24 como el habitual.

El resultado fue que uno de los científicos se adaptó completamente a los cambios y el otro se desajustó en ese nuevo ciclo de 28 horas. El experimento demostró que los humanos y algunos mamíferos somos incapaces de ajustarnos plenamente siempre a un ciclo, mayor de 26 horas y menor de 22 horas. Nuestra biología es la de la Tierra y estamos más o menos ajustados a ese ciclo de 24 horas.

“El sueño sirve básicamente para restaurar nuestro organismo, elaborar las vivencias a nivel psíquico, recargar los depósitos de energía, tejidos, consolidación de lo experimentado o ajustar la memoria.”

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