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Neurobiología de la compasión y el altruismo

Neurobiología de la compasión y el altruismo

Caso real: cambiar es posible mediante la neuroplasticidad por Koncha Pinós

Los sentidos en nuestro cerebro no están netamente separados, todas las áreas del cerebro se nutren de otras áreas. El cerebro es un mosaico de interdependencia, capaz de computar, relacionar, procesar y crear ideas o propuestas; llegando a darnos incluso la falsa ilusión de que está separado.

Cuando un sentido, una sensación o una emoción se pierde, o se merma; se traslada a otra área del mismo.

“Robert era un hombre que rebosaba vida, había vivido al límite de todo: viajaba sin cesar, tenía el trabajo que quería, éxito… Los demás admiraban profundamente esa vida tan salvaje que mostraba. Pero lo que no sabían era que era simplemente un tipo neurótico incapaz de cambiar ciertas pautas cognitivas. No podía dar amor a los que más amaba, iniciaba relaciones paralelas para no estar solo y cada vez se sentía más inseguro, poco auténtico, hasta que empezó a dudar de sí mismo.  Llegó a mí porque gracias a “la duda”, un día tuvo un accidente en su trabajo. Sucedió que pensaba en otra cosa mientras debía de estar atento y tuvieron que enviarlo a casa.

Cuando le conocí, estaba en un hospital, no mejoraba, su sistema inmunológico no reaccionaba al tratamiento, estaba totalmente agotado y no quería vivir. Su mujer y su hijo ya ni siquiera sabían si podrían, querían o debían ayudarle. Su mujer había sido alumna de meditación y pensó que una charla conmigo le haría bien.

El primer día que fui al hospital, no me dijo nada. Yo tampoco, solo me senté y observé cómo respiraba. Hasta que él me pregunto cómo podía cambiar todo esto, si creía que podía hacerlo o era demasiado tarde (se sentía un mentiroso, había hecho daño a los que amaba).

Empecé a hablarle de una nueva ciencia que revela el extraordinario potencial para transformarnos que hay en nosotros mismos. Me pregunto: “¿Es realmente posible cambiar la estructura y la función del cerebro, y al hacerlo cambiar la forma en la que pienso y siento?”. La respuesta es un sí rotundo.

En 2004, los principales científicos occidentales se unieron al Dalai Lama en Dharamshala, norte de la India, para hacer frente a esta misma pregunta de Robert: ¿Es posible cambiar la estructura y la función del cerebro, y al hacerlo podremos cambiar lo que pensamos y sentimos? Ese proceso, supuso una revolución en nuestra comprensión de la mente humana. Durante décadas, la sabiduría o el conocimiento convencional sostuvieron que el hardware de la mente era inmutable, que estábamos condicionados a nuestra biología. Sin embargo, los recientes experimentos en la neuroplasticidad (ciencia que investiga cómo el cerebro puede sufrir un cambio mayor, revelando que el cerebro es capaz no solo de alterar su estructura, tamaño y forma, sino también de generar nuevas neuronas, incluso en la vejez) muestran que el cerebro puede adaptarse, reformularse, curarse, renovarse después de un trauma, compensarse desde la discapacidad y crear una hipercapacidad o superdotación.

Le hablé a Robert de este cambio de perspectiva como elemento fundamental para transformar nuestra comprensión de la mente humana. Para liberarle de los problemas profundamente arraigados a nivel emocional, cognitivo y conductual. Estos descubrimientos demuestran que es posible restablecer nuestros indicadores de felicidad después de la muerte de un ser querido, recuperarse por la pérdida de las extremidades, entrenar la mente para romper los ciclos de depresión y trastornos obsesivos compulsivos y otros cambios relacionados con la edad en el cerebro.

También le sugerí que es posible enseñar a nuestra mente. “¿Enseñar a la mente? ¿Qué le voy a enseñar?”, me dijo. Le dije que la compasión es la clave para la búsqueda de una mente más calma. En un inicio es mejor empezar a entrenar la mente en la atención focalizada. Es una práctica sencilla que se puede empezar a hacer desde un hospital.

Las primeras sesiones no conseguían llegar a más de tres minutos sin dormirse, estaba agotado. Su extraordinaria vitalidad, ahora se había esfumado y no quedaba nada del valiente, rebelde y salvaje que fue antaño. Estuve trabajando con él exactamente diez días. Durante esos días le visité en el hospital, hicimos una sesión de una hora en la que hablábamos y le enseñé a entrenar su mente. Al cuarto día, la doctora le dijo que sus indicadores milagrosamente estaban cambiando. Había doblado el marcador de las plaquetas y empezaba a creer que nuestra terapia tenía futuro. Su sistema inmunológico había recibido el mensaje.

Abrir las puertas de la mente es algo maravilloso y hacerlo no requiere mucho esfuerzo. Es muy raro que las personas hayan desempolvado sus mentes, simplemente las usen de modo automático. El hecho de que Robert mejorase, me animó a explicarle más historias de neurólogos, psicólogos contemplativos y filósofos que le permitían prestar atención a su experiencia y a su forma de estar presente.

Me dijo: “¿Quieres decirme que si me entreno dejaré de sentir emociones negativas?”. No, para nada, pero ya no serán las dominantes, no habrá necesidad de drama en tu vida, ni de buscar esas ecoemociones tan fuertes que habías probado. A través de reconocer nuestro dolor interno, sin suprimirlo, vamos a ir adquiriendo confianza y permitirnos disfrutar las posibilidades que ofrece la vida más allá del sufrimiento.

Me dijo: “¿Pero si todos podemos aprender a ser más fuertes y equilibrados a nivel emocional porque no nos dedicamos a transformar nuestro pensamiento?” Buena pregunta, pero ¿quién quiere abrir la caja de la mente? Las personas creemos que lo que nos sucede es lo que somos. Así llegamos a asociar lo que sucede con nosotros mismos, hecho y emoción será lo mismo. Como si resultase un todo indivisible. Pero no es así. Hay un espacio entre los hechos y las emociones que se producen.

Si tu mujer te abandona, no será ese hecho lo que te produzca dolor, sino la interpretación que tú hagas de ese abandono, de ese dolor, de ese sufrimiento. Dentro de nosotros hay un ego narrador que se cuenta historias. Y ese es el que define las emociones negativas o positivas. Después de escuchar esto, Robert suspiró, miró hacia la ventana y sentí que debía dejarle por ese día.

A la mañana siguiente fui a verle, pero ya no estaba en la cama. Había empezado a caminar. Me dijo: “He entendido que mis huidas tienen que ver con el miedo a la felicidad, quiero triunfar para que los demás me reconozcan, pero a la vez en esa huida estoy perdiéndome a mí mismo. Quiero entrenarme, tienes razón. Mi mente es responsable de esa diferencia emocional que separa la felicidad de la tristeza”.

Las creencias irracionales de Robert le habían llevado a creer que le amarían más si corría riesgos, si se convertía en un mártir, si tenía más dinero o hacia cosas que nadie había hecho. Pero había caído en la trampa de la huida permanente, y con eso había causado una cadena de desastres concatenados, como pequeñas bombas plantadas en su mente. Ya no podía pararse a recogerlas y andaba todo el día, corriendo por su propio campo de minas. El paradigma de la huida frente a los problemas, mentir por no dañar, ser poco auténtico…, había sido la solución que Robert había encontrado para satisfacer el diálogo interno de un ego que demandaba cada vez más al Robert auténtico. Sus procesos no resueltos habían acabado generando estructuras psíquicas que ahora le hacían pagar la factura. Lo esencial era saber que todos tenemos derecho y posibilidad de cambiar nuestro pensamiento, así cambia nuestro cerebro y, como consecuencia, nuestras relaciones y nuestra vida.

Todos podemos cultivar la calma, todos podemos ser felices si aprendemos a pensar de una forma más amable y eficaz. Robert salió del hospital, su mujer me contó que volvió al trabajo, y esta vez con una actitud diferente. Entonces le pregunté a ella cómo estaba. Me dijo: “He dejado de evaluarle. Es como respirar de nuevo”.

Competencias emocionales y coraje: el cerebro evolutivo

A través de millones de años, nuestros ancestros han desarrollado básicamente tres estrategias de supervivencia:

  1. Crear separación para poner límites entre ellos y el mundo, o entre un estado mental y otro.
  2. Mantener la estabilidad para tener una armonía sana, entre los sistemas físicos y mentales.
  3. Acercarse a las oportunidades y alejarse del peligro.

Para pasar nuestros genes, nuestros ancestros animales tenían que elegir muchas veces al día si debían alejarse de algo o acercarse a ello. Hoy en día, los humanos vivimos experiencias similares, perseguimos la gloria y eludimos la vergüenza. Pero nuestra mente es mucho más sofisticada, así que el acercamiento y la huida se hacen con la misma cantidad de circuitos neuronales con los que un dinosaurio huía cuando se sentía atacado. Es la amígdala la que emite el principal tono sentimental y luego lo lanza por todas partes. Es una forma sencilla y eficaz de decirle al cerebro que tiene que acercarse a la zanahoria y alejarse del palo.

En el cerebro tenemos dos sistemas neuronales principales que nos hacen perseguir lo agradable:

  1. Se basa en el neurotransmisor dopamina. Las neuronas liberan dopamina y aumentan su actividad cuando encuentran recompensas, o se aceleran cuando encuentran algo que les compensará en el futuro.
  2. El segundo sistema, basado en otros neuromoduladores, es la bioquímica de los sentimientos agradables. Un conjunto de opiáceos naturales (endorfinas, oxitócina y norepinefrina) que invade las sinapsis y refuerza los circuitos neuronales.

Estos dos sistemas neuronales son necesarios para sobrevivir. Además, se pueden usar para objetivos positivos que no tienen nada que ver con pasar los genes. Los palos son más fuertes que las zanahorias porque el cerebro está más diseñado para evitar que para aproximarse a las experiencias. Es así porque las experiencias negativas han tenido un impacto muy fuerte en la supervivencia de la especie.

Los seis modos básicos en que el cerebro continúa esquivando los golpes son:

  1. Vigilancia y ansiedad: el cerebro tiene una red por defecto que siempre está en modo alerta.
  2. Sensibilidad a la información negativa: el cerebro detecta el sesgo negativo antes que el positivo.
  3. Almacenamiento de alta prioridad: cuando se ha registrado el suceso negativo, el hipocampo se asegura que lo hayas aprendido y no lo olvides.
  4. Lo negativo triunfa frente a lo positivo.
  5. Restos perdurables en el cerebro: el cerebro conserva memorias de las experiencias, que están listas para reactivarse si encuentran un suceso similar al que provoca el miedo.
  6. Círculos viciosos: las experiencias generan círculos negativos en la mente, reactivos y exagerados.

El cerebro tiene un sesgo de negatividad incorporado que nos empuja a evitar continuamente.

Este sesgo nos ha hecho condicionarnos y sufrir de múltiples formas:

  1. Provocando sentimiento de ansiedad
  2. Miedo
  3. Estrés
  4. Depresión
  5. Ira
  6. Pena
  7. Culpa
  8. Vergüenza

Este sesgo también resalta las pérdidas y fallos pasados, minimiza las habilidades presentes y exagera el riesgo futuro.

Por lo tanto, la mente tiende continuamente a juzgar:

  1. Conveniente o no conveniente
  2. Sobre el carácter
  3. La conducta o las posibilidades que tiene una persona

El peso de este juicio, si no se trabaja, es el que determina la acción de la persona.

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